Posted by on Aug 12, 2016 in BLOG, DESTACADOS | 1 comment

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Si queremos ir al cielo, necesitamos la fe y la obra suficientemente dignas de llevarnos al cielo. Por otra parte, tenemos que hacer nuestro corazón bueno y puro lo suficiente como para entrar en el reino de los cielos. Dios ciertamente nos paga con cosas buenas por todas las buenas obras que hemos hecho con buen corazón.

Mt. 22:35-38 “Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley? Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento.”

Dios dice que primero sancionará a los que no conocen a Dios cuando se ejecute el Juicio Final (2 Ts. 1:7-9). En este mundo, hay personas que quieren obtener buenos resultados sin dejar de hacer el mal, engañando a otras personas e incluso a su propia conciencia, porque no conocen a Dios.

Bienaventurados los que reconocen a Dios y ponen en práctica su voluntad entendiéndola correctamente. Veamos un caso histórico en el que el mandamiento de Jesús “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente” se observa completamente.

Mt. 26:6-13 “Y estando Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, vino a él una mujer, con un vaso de alabastro de perfume de gran precio, y lo derramó sobre la cabeza de él, estando sentado a la mesa. Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio? Porque esto podía haberse vendido a gran precio, y haberse dado a los pobres. Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra. Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis. Porque al derramar este perfume sobre mi cuerpo, lo ha hecho a fin de prepararme para la sepultura. De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella.”

Como una mujer derramó un frasco de alabastro de perfume muy caro sobre la cabeza de Jesús, los discípulos se indignaron, diciendo que el perfume podría haberse vendido a un precio muy alto y el dinero dado a los pobres. Si consultamos los demás evangelios, podemos ver que la mujer que derramó el perfume sobre Jesús era María, y el discípulo que se indignó era Judas Iscariote. El perfume de María derramado sobre Jesús equivalía a un año de salario para un trabajador promedio en ese momento. Entonces Judas, lleno de avaricia y codicia por el dinero, levantó la voz más fuerte que cualquiera de los discípulos y se quejó de que ella había perdido el costoso perfume. Entonces Jesús detuvo a los discípulos y alabó a María por su obra, que provenía de su fe y su entendimiento. Por otra parte, Él dijo: “Dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho” (Mr. 14:3-9, Lc. 7:36-50, Jn. 12:1-8).

María dio a Jesús el perfume pensando para sí: “Dios, que es el Creador de todo el universo y todo en él, vino a esta tierra para salvar a los pecadores viles y sin valor. Este perfume es nada comparado con su gran amor por nosotros”. Jesús alabó a María por su fe, porque lo amaba con todo su corazón, mente y fuerzas, y no solo porque hubiera derramado en Él el perfume de gran valor.

Tenemos que examinarnos para ver si amamos a Dios con todo nuestro corazón, mente, alma y fuerzas, igual como María. Cada uno de nosotros tiene un papel diferente en el evangelio. Algunos predican el evangelio a tiempo completo, y otros apoyan el evangelio indirectamente, tratando de hacer voluntariamente las cosas de Sion. Como partes del “cuerpo de Cristo” (1 Co. 12:27), debemos dedicarnos plenamente a nuestro papel dado por Dios, sin importar cuál sea nuestro papel, dirigiendo nuestro corazón hacia Dios.

Prediquemos el evangelio que Dios nos ha encomendado a los siete mil millones de personas del mundo para que sean salvos. Esto es amar a Dios con todo nuestro corazón, mente y fuerzas y hacer la voluntad de Dios. Dios nos recompensará con gran premio en todas nuestras buenas obras.

El origen de amor es Dios Madre
Cosechamos lo que sembramos